|
|
Principios
de la Voluntad de Dios Por
Ramón R. Herrera Sería
poderoso que cada creyente comprendiera la realidad de que Dios tiene un plan
para su vida. No estamos aquí por casualidad y mucho menos por accidente. Desde
el mismo momento de nuestra concepción, Dios estuvo involucrado.
El profeta Jeremías dijo: “Antes de formarte en el vientre, ya te había
elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado
profeta para las naciones” (1.5).
También Isaías dijo: “Así dice el Señor, tu Redentor. Quien te formó
en el seno materno” (44.24. David dijo: “Es Señor afirma los pasos del
hombre cuando le agrada su forma de vivir; podrá tropezar, pero no caerá,
porque el Señor lo sostiene de la mano” (Salmo 37.23-24).
Es verdaderamente reconfortante saber que Dios tiene una voluntad
perfecta para nuestra vida. Este conocimiento nos ayuda a descansar sabiendo que
El siempre sabe por lo que estamos atravesando y lo tiene todo bajo control.
Otra alternativa sería confiar en el destino del sistema mundanal. Eso
sería atemorizante, porque este mundo puede ser duro, cruel e implacable.
Unos setenta años después de que Juan escribiera el libro de Revelación,
Policarpo cumplía sus obligaciones como obispo de Esmirna. En el año 155 d.C.
El Santo anciano debió enfrentarse a una difícil decisión como nunca antes le
había tocado vivir.
Se estaba quedando en una granja en las afueras de la ciudad, cuando sus
captores vinieron por él. Sabía que a menos que las cosas hubieran cambiado de
una manera drástica le aguardaba la muerte a causa de su firme entrega a Cristo
Jesús.
Se dice que cuando llegaron sus enemigos para aprehenderlo, les pidió
permiso para orar. Ellos le concedieron su pedido, Y Policarpo oró durante dos
horas.
En la ciudad, el jefe policial le preguntó repetidamente
«¿Qué problema hay en decir que Cesar es Señor?»
Policarpo le respondió: «Soy cristiano; si desea aprender la doctrina
cristiana, se la puedo enseñar» Más de una vez se amenazó a Policarpo con
lanzarlo a las fieras o se lo quemaría vivo en la hoguera.
El procónsul le dijo: «Haga el juramento, y lo pondré en libertad,
maldiga a Cristo» Su respuesta fue: «Durante ochenta y seis años he sido su
siervo, y no me ha hecho mal alguno, ¿cómo podría yo blasfemar al Rey que me
salvó?» Frustrado y lleno de ira, el procónsul sentenció a Policarpo a morir
en la hoguera.
Pero, a causa del increíble dolor de la quemadura, se acostumbraba a
clavar a las personas a la estaca. Policarpo rehusó ser clavado diciendo: «El
que me ha concedido la fuerza para soportar el fuego me concederá también la
gracia de permanecer en en la estaca sin moverme».
Hasta que las llamas se habían llevado su último aliento, se mantuvo de
pie en la hoguera orando al Dios que estableció el programa de actividades de
todo lo que hizo Policarpo.
A pesar de ser perseguido, Policarpo sabía que era hijo de Dios y que su
vida estaba en las manos de Dios. Probablemente
nunca haya dudado que su Padre estaba en control aun en el momento de su muerte.
El consuelo que proviene de saber que Dios tiene una voluntad perfecta
para nuestra vida nos ayuda para estar contentos en cualquier situación.
Durante nuestro ministerio hemos conocido a muchos creyentes al borde de
la muerte, algunos que han pasado por grandes tragedias o increíbles dolores,
que disfrutan de una paz que la mayoría del mundo no puede entender.
Así como Policarpo, ellos descansan en el Señor y no cederían su fe
por nada; ni siquiera por obtener otra oportunidad de en la vida. Dios quiere mostrarnos su voluntad
El apóstol Pablo ora de esta manera
« El Dios que da la paz… los capacite en todo lo bueno para hacer su voluntad»
(Hebreos 13.20-21).
Cada día, en cada decisión, podemos saber que Dios nos dirigirá para
hacer lo que le agrande a El. Podemos optar por desobedecerle y hacer algo
pecaminoso, sin embargo, si somos sensibles al Espíritu Santo que mora en
nosotros, sabremos cuándo estamos en peligro y a punto de ceder o bien dónde
hemos obrado mal y qué debemos hacer para corregirlo.
El apóstol Pablo nos dice que debemos hacer «de todo corazón la
voluntad de Dios» (Efesios 6.6) Dios nunca nos pediría que nos preocupáramos
por hacer su voluntad si tuviera la intención de mostrárnosla con claridad. Debemos tener hambre de hacer la voluntad
de Dios
El Señor Jesús tenía pasión por cumplir la voluntad de su Padre. El
dijo «El que me envió está conmigo; no me ha dejado solo, porque siempre hago
lo que le agrada» (Juan 8.29).
Muchos siglos antes el salmista había dicho «Déjame vivir para
alabarte; que vengan tus juicios a ayudarme» (Salmo 119.175).
Si tenemos hambre y sed de conocer la voluntad de Dios y encontrar la
manera de aquietar nuestra vida y escuchar a su Espíritu Santo, El nos mostrará
con claridad el rumbo que debemos tomar. Dios conoce todo, debemos decirnos a
entregarle nuestro pasado, presente y futuro
Como creyentes ya no somos dueños de nosotros mismo. Fuimos comprados
por un precio « Ustedes fueron comprados por un precio; no se vuelvan esclavos
de nadie» (1 Corintios 7.23.
La venta de nuestras vidas se ha cerrado. El rey David nos instruye: «Encomienda
al Señor tu camino; confía en El, y el actuará» (Salmo 37.5).
Nuestra actitud debiera ser: «Señor, no importa lo que yo deseo» Hacer
la voluntad de Dios siempre nos proporcionará un sentido de realización y
sobre todo la seguridad de que hemos sido obedientes a nuestro Padre celestial. Nuestro Padre es digno de confianza; elija
confiar en Él
Muchos creyentes pasan poco tiempo preguntando a Dios cuál es su
voluntad. Por otra parte, intentan controlar su propia vida sin confiar en Dios.
A veces las personas temen que Dios no escuchará sus oraciones o que Dios esta
enojado con ellos por un motivo u otro.
Este temor pudiera ser producto de haber crecido en un hogar
inusitadamente severo o el haber vivido experiencias dolorosas que producen como
resultado un malentendido respecto de cómo es Dios. Dios no es duro, ni nos
maltrata en modo alguno. Salomón Lo dijo de esta manera.
«Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia.
Reconócelo en todo tus caminos, y El allanará tus sendas» (Proverbios 3.5-6).
|
|